Sesenta y ocho voces: nuestro origen, nuestra lengua

Sesenta y ocho voces: nuestro origen, nuestra lengua

Canal Once, Combo, la CDI y el INALI se unen para conservar las lenguas indígenas. Conoce las cosmogonías de los pueblos originarios, en su lengua y en voz viva. La diversidad lingüística de México es patrimonio de todos.

Categorías: ARTE Y CULTURA

Sesenta y ocho voces: nuestro origen, nuestra lengua

Canal Once, Combo, la CDI y el INALI se unen para conservar las lenguas indígenas. Conoce las cosmogonías de los pueblos originarios, en su lengua y en voz viva. La diversidad lingüística de México es patrimonio de todos.

Temporada 2

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Sesenta y ocho voces - Los niños del río. Mazahua, Estado de México
Cuenta la leyenda que antes los pastores solían reunirse a jugar junto al río, pero un día llegaron dos niños que brincaban de aquí para allá. Sus ropas eran diferentes, parecían extranjeros. Los pastores querían acercarse a ellos, pero éstos se alejaban o, simplemente, desaparecían. Al llegar a casa, los pastores platicaron a su papá lo sucedido, quien les dijo que ya no jugaran en el agua ‘porque un día de estos’ podrían desaparecer con ellos. Los pastores no escucharon, hasta que uno de ellos ya no salió del agua. De inmediato, el otro pastor fue a avisarle a su papá, quien corrió despavorido a buscarlo, pero ya no lo encontró. Por eso, desde entonces, los pastores ya no se reúnen para jugar junto al río.

Sesenta y ocho voces - La creación del mundo. Cora, Nayarit
Los antiguos cuentan que un día Nuestra Madre Diosa creó a los dioses para que cuidaran el agua y regaran la tierra. Los hizo de algodón y los dejó en una laguna, pero ellos se cansaron de estar ahí, por lo que Nuestra Madre se los llevó al cenit. Sin embargo, cansados de estar colgados, con la ayuda de Tajá’a, el Hermano astro, usaron sus flechas, extrajeron células de su cuerpo y formaron la tierra; y con un mechón de nuestra madre, comenzaron a tejer un Tsíikiri, u ojo de Dios. Entonces, la diosa puso encima la tierra y ordenó a los dioses que la pisaran y estiraran mientras bailaban “El Mitote”. Así se creó el mundo. Así lo contamos los Coras.

Sesenta y ocho voces - La niña del río. Chinanteco, Oaxaca
Cuentan que hace muchos años existía una niña que diario iba al río a llorar pues sus padres la habían prometido en matrimonio. El Río al escucharla ofreció ayudarla, dándole una buena cantidad de peces para convencer a sus padres de que podía apoyar en la casa y no casarse. Sin embargo pasaron varios días y la boda seguía en pie, hasta que un día ella decidió seguir su propio camino y convertise en parte del Río. Así aprendimos que cada quien puede labrar su propio destino, independiente de las condiciones donde uno haya nacido. Así lo cuentan los chinantecos.

Sesenta y ocho voces - La creación de la fiesta de la tuburada. Guarijío, Sonora
Cuentan que, al principio, cuando no había tierra y sólo mar, el Dios agarró un poco de arena del fondo del agua, cantó por tres días y tres noches seguidas, y gracias a su canto la tierra comenzó a crecer. Más tarde, con un poco del mismo barro, creó a los guarijíos y al alimento en la naturaleza. Después, el Dios y la Diosa crearon la fiesta de la Tuburada, para que siempre recordemos cómo empezó el mundo. Así lo contamos los guarijíos.

Sesenta y ocho voces - La creación de los Kumiai. Kumiai, Baja California
Cuentan que hace muchos años, en “La tierra de la Zorra” vivía una gran víbora debajo de una piedra muy grande. Esa gran víbora se había devorado al conocimiento: sabía todos los cantos, bailes, cuentos y cosas que se hacían, y cuidaba todo lo que había en la tierra. Un día, la víbora estaba subiendo el cerro hacia el mar, cuando de pronto explotó, y con todos los conocimientos que tenía se crearon las diferentes tierras kumiai: Necua, La Huerta y Nejí. Así lo contamos los kumiai.

Sesenta y ocho voces - El origen de los aluxes. Lacandón, Chiapas
Cuentan que cuando los dioses crearon a los seres que habitan esta tierra, dejaron incompletas a unas criaturas muy pequeñas: los aluxes. Los dioses les advirtieron que no debían escapar del cielo, pues si les daba la luz del sol se convertirían en piedra. Sin embargo, llegada la noche, se escaparon. Fue tanto su entusiasmo que no se dieron cuenta de que amanecía, y aunque corrieron a esconderse, ya no pudieron regresar. Por eso, al caer la noche comenzaron a construir las pirámides para acercarse al cielo, pero una madrugada salió el sol y quedaron convertidos en piedra.
Los dioses decidieron ayudarlos, y los hicieron cobrar vida al menos durante la noche. Desde entonces, las noches en la selva son ruidosas debido a las risas y los cantos de los aluxes. Así lo contamos los lacandones.

Sesenta y ocho voces - El origen del árbol del tule/El rey Kong Oy. Mixe, Oaxaca
Cuentan que hace muchos años unos abuelitos encontraron dos huevos, de uno salió un niño y del otro una serpiente. El niño creció muy grande y fuerte, y se convirtió en el protector de los mixes: los defendió siempre de los invasores extranjeros. Por eso los mixes no se olvidan de él y aún le rinden tributo y respeto. En uno de sus viajes, el Rey se recostó en un lugar llamado Tule, ahí clavó su bastón, y éste se convirtió en el gran árbol del Tule. Después, el Rey se fue a descansar al cerro de los Veinte picos, desde donde cuida a los mixes.
Dicen que cuando el árbol del Tule se seque, será porque el Rey dejó de existir. Así lo contamos los mixes.

Sesenta y ocho voces - La fiera que no quería ensuciarse. Tepehua, Veracruz
Cuentan que en el bosque existía un ocelote muy presumido, le gustaba vestirse elegante y hacerle competencia al león.
Un día, cuando pasaba debajo de un árbol, el mono sin querer soltó el aguacate que estaba comiendo, ensuciándolo todo. El ocelote, furioso, lo atacó.
Los otros simios, indignados, pidieron ayuda al rey león para escarmentarlo. Éste pidió a todos los animales que cortaran los aguacates más maduros y se escondieran en las copas de los árboles. El águila fue por el ocelote y lo llevó en presencia del rey; en cuanto el ocelote estuvo cerca todos los animales comenzaron a lanzarle los aguacates. Por más que se bañó, las manchas nunca desaparecieron de la piel del ocelote, y desde entonces quedó como lo conocemos.
Así lo contamos los tepehuas.

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