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Mundo maya

Tal vez nunca dejará de maravillarnos la enorme extensión de tierra en la que floreció la cultura maya: poco más de 350,000 km2. Para dar una justa dimensión a este dato, basta considerar que actualmente la extensión territorial de Italia es de 301,227 km2; la de Reino Unido, e Irlanda del Norte, de 244,100 km2, y la de Hungría, de 93,030 km2.

El área maya abarcó los estados mexicanos de Yucatán, Campeche, Quintana Roo, Tabasco y Chiapas; en Centroamérica, ocupó Guatemala, Belice y parte de Honduras y El Salvador. Esta variedad geográfica trae aparejada una importante diversidad de climas, paisajes y expresiones culturales que tuvieron como escenario ecosistemas de gran riqueza vegetal y animal, tales como la selva, la sabana, el manglar, el bosque y el arrecife, por mencionar algunos.

De hecho, la cultura maya se integró por un conjunto de grupos étnicos y lingüísticos muy diversos cuyas costumbres, paisajes y relaciones con su medio ambiente, como se evidencia, eran también variadas. Sin embargo, es posible identificar a estos grupos bajo el concepto de cultura maya, y estudiarlos de manera integral, porque lograron conformar una unidad cultural en lo concerniente a su organización social, política y económica, a su desarrollo artístico y científico, a sus expresiones culturales y a una cosmovisión compartida.

¿Cómo acercarse entonces a este conjunto de territorios tan distintos, pero integrados culturalmente? A grandes rasgos, se identifican tres grandes áreas de asentamiento: la primera, al norte de la península de Yucatán, donde predomina un clima seco y caluroso; la segunda se ubica al centro, en una amplia zona húmeda y tropical (tierras bajas de Guatemala y parte de Honduras, Tabasco y Chiapas); finalmente, se reconoce el sur por ser una región montañosa que abarca las zonas altas de Guatemala y el sur de Chiapas.

 

La variedad geográfica contenida en dichas áreas adquiere matices sorprendentes: selvas rodeadas por caudalosos ríos, corrientes y depósitos de agua subterráneos; numerosos cenotes (dzonot, en lengua maya), cadenas montañosas de origen volcánico, altiplanicies y extensos lagos; espesos bosques y regiones planas de suelos calizos. La lista pareciera ser infinita.

Esta vasta zona no sólo es el hogar de numerosas plantas y animales de gran belleza (en ella viven helechos que son contemporáneos de los dinosaurios). También ha resguardado, durante siglos, tesoros artísticos que son considerados patrimonio de la humanidad y sitios de importancia mundial por su biodiversidad, como los pantanos de Centla y la Reserva de la Biosfera de Sian Ka'an. Podemos gozar de ellos hoy en día gracias a que la relación de los mayas con la naturaleza se basó --y aún se basa-- en el respeto hacia ella y está estrechamente ligada a su conciencia de la unidad cósmica, el equilibrio y la armonía.

 

Por otra parte, la importancia del agua en esta zona fue fundamental: conforma todo un sistema hidrográfico en el que destacan caudalosos ríos, como el Usumacinta o el Atitlán; cenotes de los que los mayas no sólo se abastecían, sino que tenían un uso ritual, como el de Chichén Itzá; chultunes o pozos creados para conservar el agua acumulada durante las lluvias, ubicados cerca de grandes ciudades como Tikal, Uaxactún y El Naranjo. Los mayas desarrollaron incluso sistemas primitivos de irrigación cuyos restos todavía pueden observarse en Edzná y Kohunlich, por ejemplo.

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